ZIGOR ALDAMA
- plazaraunav
- 10 abr
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Actualizado: 13 abr

No es que le haya dedicado mucho tiempo a pensar sobre los herri kirolak, porque siempre me han provocado sentimientos encontrados: por un lado, los veo como algo muy primitivo, casi como lo que podría encontrarme entre algunas de las tribus que he visitado en zonas remotas de Asia; por otro lado, me siento orgulloso de que se mantengan estos deportes tradicionales, símbolo de la cultura vasca. Quizá por eso, uno de los pocos reportajes que hice en casa cuando era corresponsal en China fue el de cómo la irrupción de mujeres y de inmigrantes estaban cambiando la cara de los herri kirolak.
Fue realmente interesante, sobre todo porque me acompañó en el trabajo de campo mi mujer, china. Ella también estaba alucinada, sobre todo porque una de las entrevistas la hicimos con un harrijasotzaile, en un baserri perdido de la mano de dios, y cuando le preguntamos por su profesión nos dijo que trabajaba "en un taller". Pensamos que era un taller mecánico, pero poco después nos confesó que era un taller en el que producían componentes de misiles y piezas de Airbus.
Me pareció el perfecto reflejo de lo que son hoy los herri kirolak, y me alegró mucho que el reportaje fuese portada del periódico un domingo.
Pero, desde entonces, la verdad es que no he vuelto a tocar el tema. Ni a pesar en él.




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