JORGE NAGORE
- plazaraunav
- 17 abr
- 2 min de lectura

Les abanicaban, no sé si era con un periódico doblado o quizá fuese una toalla, mientras ellos calentaban embutidos en unos trajes con zapatillas especiales y pantalones con rodilleras como de loneta y luego en la parte de arriba ya unas camisetas sin mangas llenas de publicidad y acolchadas, para no clavarse la piedra en las costillas.
Poco antes del intento decisivo, volvían a ponerles bien apretada la faja alrededor de las lumbares, dándole vueltas alrededor del cuerpo hasta que casi les cortaban la respiración.
Antes ya habían hecho algunos estiramientos, ejercicios de agilidad que sorprendían en aquellos cuerpos inmensos, y levantamientos de piedras cilíndricas de 100, 125 kilos o rectangulares de 200, 250 y hasta 300. Las movían como tú mueves una manzana al sacarla del cesto de la fruta.
Entonces, hablo de los años 80, los 90 y los primeros 2000, en los primeros años Inaxio Perurena (Leitza, 1956) y en los años finales Mieltxo Saralegi (Leitza, 1968), resoplaban y el Velódromo de Anoeta o alguna plaza de Toros o alguna plaza principal o frontón de algún pueblo se sumía en el total silencio mientras ellos miraban lo que tenían delante y miles de personas aguantaban la respiración en vivo y muchas miles más la aguantábamos en casa gracias a la EITB.
De pronto, daban un pequeño paso hacia delante, cogían aquella mole de 320 kilos en el caso de Perurena y de 329 en el caso de Saralegi y eran capaces de levantarla del suelo, subírsela a las rodillas, luego a la tripa y luego a los hombros, mientras el juez daba el levantamiento por bueno y el sitio se venía abajo en una mezcla de alegría, asombro y comunión. Luego la gente hacía el tonto en casa con las bombonas de butano y las urgencias y las consultas se llenaban de lumbagos y ciáticas mientras nuestros humildes Hércules de mejillas sonrosadas le quitaban importancia a eso de ‘El Hombre Más Fuerte Del Mundo’.




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