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JUANCAR ETXEBERRIA

  • Foto del escritor: plazaraunav
    plazaraunav
  • 1 abr
  • 1 min de lectura

Actualizado: 13 abr


Si me dicen “herri kirolak” pienso en el velódromo de Anoeta, lleno de público, de ruido, de humo. Es febrero de 1986. Se disputan las 6 horas de Euskadi, una prueba internacional de ciclismo en pista. En la parte central del recinto un hombretón embutido en una especie de arnés sin mangas da vueltas sobre sí mismo para ir ajustándose una faja interminable. Una, dos, tres vueltas. Ya está. 


El gigante se estira y resopla mientras el speaker anuncia que Iñaki Perurena va a intentar batir el récord del mundo de harrijasotzailes.


Nunca he visto una exhibición de deporte rural vasco pero noto una efervescencia en el ambiente cuando Perurena se aproxima a un enorme bloque rectangular de piedra, se dobla sobre él , tira de los asideros y lo coloca sobre su pecho mientras sus piernas, todo su cuerpo, tiembla como una hoja. 


Sin solución de continuidad, una, dos, tres golpes de riñón hasta acomodar la piedra sobre el hombro, abrir el brazo izquierdo y dejar caer la mole cuando el juez levanta la mano en señal de conformidad mientras el velódromo estalla en una algarabía y una ovación que se prolonga durante minutos. En mi estreno en una exhibición de herri kirolak acabo de ser testigo de la primera alzada de la historia de una piedra de 300 kilos.

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